lundi 25 octobre 2010

Luciérnagas

Esta semana me he dedicado a saltar de flor en flor con mi máscara veneciana puesta.
Y a echar de menos mi armónica.

La huelga me ha permitido perder el tiempo, dado que no había clase lunes y martes.
Perder el tiempo me irrita profundamente aunque a veces no lo parezca.
También me he hecho, por fin, la tarjeta Imagine-r, que es como la Oyster de Londres, pero en París.
I.e. un bono de transporte que sustrae de mi banco una cantidad fija mensualmente, permitiéndome un rango de movimiento discreto a la par que holgado. Y si no se ha de comprar, se roba, como dicen por aquí.

Fui a las clases, algunas, aburridísimas. Me dormí unos tres cuartos de hora en Grands Défis, y me desperté porque se me cayó la cabeza de la mano. Estaba en primera fila... Pero la que estaba a mi derecha roncaba mucho, y muy fuerte, asique no me sentí demasiado avergonzada...

Y me compré el vuelo a España. Se hace saber que llego el 18 de diciembre y me voy el 4 de enero, si Dios quiere.

Además, también he recibido un par de paquetes que me han encantado y que no me canso de agrader...
Entre otras cosas, ahora tengo una espada templaria en mi pared y una fotografía enmarcada en mi mesa.

El sábado me fui con el griego a merodear por París. Fuimos momentáneamente al Marché aux Puces, para darnos cuenta de que ya habíamos estado ambos dos, y de ahí huimos a Les Halles, porque necesitaba él hacer unas compras, y yo, porque Les Halles siempre es un buen sitio para perderse.
Nota del editor: Les Halles es un complejo comercial gigantesco que alberga de todo lo imaginable, cubriendo un amplio rango de cosas necesarias... y otras fruslerías. En los años 60 destruyeron el antiguo mercado (precioso) y construyeron el espacioso complejo moderno actual.

En fin, allí pasamos la tarde, yo escaneando moda y preguntándome porqué no había nacido con un gusto más económico, y Rastapopoulos buscando unos zapatos y un abrigo.

Para que se hagan ustedes una idea, mi amigo el griego es apodado "el banquero" en su universidad. Viste siempre de negro, con camisa abrochada hasta el último botón (pero sin corbata), pantalones negros, zapatos de velcro (horror) negros y chaqueta (mas bien levita mortadelesca) negra. Ah, y maletín de tejido sintético (¿Nilón?) negro.
De piel cetrina, peinado a lo Beetle y balanceantes movimientos, el señor Rastapopoulos.
Aficionado a la poesía y a insultar la inteligencia ajena, pero en el fondo es un buen tío.

En fin, le ayudé a encontrar un abrigo que le daba un aire de un joven Severus Snape y unos zapatos de cordones (por fin...) y se dejó pegados allí la friolera de 230€. Y pensar que yo me había comprado una camiseta por 13 y me sentía culpable...

Había unos zapatos preciosos de piel, pero no sé... si son lo suficientemente prácticos como para que valgan 70 euros... Y en cuestión de calzado para todos los días, prima el pragmatismo.
Esperemos la opinión de mamá, que llega el jueves.

Después de esa tarde, fuimos a un concierto de música romántica rusa, en el cual una orquesta bastante completa, arpa y celesta incluida, entretenía al personal, y un joven pianista nos deleitaba con filigranas variadas.
Obviamente, compramos los asientos de cinco euros y nos sentamos en los de 25.

El teatro de los Campos Elíseos, que es donde tuvo lugar el concierto, es bastante bonito, sin embargo, los sillones gallineriles podrían ser más cómodos, y las barandillas podrían no estar a la altura de los ojos (que ya se que yo soy bajita, pero estaban dispuestas para que, tuvieras la altura que tuvieses, te obstaculizaran la visión parte de la orquesta) (a no ser que midieses 1.30m o 2.20m). Los frescos del techo también dejaban un poco que desear, pero eso ya entra dentro de los gustos de cada uno...
Hubiese querido haber ido a "Las mujeres Sabias", pero tengo la esperanza de que Moliére, al ser Francés, será uterativo en los teatros de la villa.

El domingo... Me desperté, intenté estudiar un poco y me fui a visitar París yo sola. Me di un paseo por mi favorita orilla izquierda y parte de las islas, y descubrí en la Rue du Petit Pont, perpendicular a La Huchette, sitios para comer por menos de tres euros, bebida inclusive... Y un parque con bancos donde sentarse a disfrutar del bocata/crêpe en cuestión. También descubrí felizmente el único baño gratis que tiene que haber en París... Se encuentra en el Metro de Le Châtelet, enfrente del teatro homónimo, y tiene hasta papel higiénico. Qué gozada oye.


Intenté visitar la sacristía de la iglesia de Saint Étienne du Mont, cuya primera piedra se puso en el S. VI, pero sólo pude ver parte... La monja me dijo que la puerta del fondo estaba abierta, y que podía pasar, pero el caso es que era yo la única que estaba forcejeando y haciendo bastante ruido con el picaporte. Después me asomé a otra de las puertas, pero parecía un área privada, y ya estaba todo el mundo mirándome con curiosidad y apuntándome con el dedo... Asique le dije a la hermana que ya volvería otro día, y que muy bonitas las cristaleras y los frescos...

En esa iglesia está la cripta donde estuvo enterrada Santa Genoveva, patrona de París, y un dedo de la susodicha dentro de una recargada urna.
La santa fue muy apreciada en sus tiempos por haber alejado a Atila el Huno de la ciudad. El cofre de bronce donde se encuentra me recuerda a la cabecera de la cama de mis padres.
En ese momento me llamó mi Señora Madre quien tenía un espectáculo montado en casa y quien aún no dominaba por completo su nuevo teléfono táctil (el mío es en blanco y negro). Había una mélange de gente bastante dispar, con amigos suyos, amigos míos, abuelas y tíos abuelos.
Tuve que salir escopeteada de la iglesia con cara de circunstancias. Porqué tendré que ser siempre yo la que se encuentra en el centro de todo escándalo...

En la plaza del Panteón, había un montón de niños construyendo cosas parecidas a lo que adiviné como la pirámide del Louvre. Los materiales eran varillas, pajitas de beber, abrazaderas de plástico y cáncamos. Qué cosas. Yo a esas edades hacía lanzas, arcos y flechas. Buscaba madera de fresno y boj verde porque eran más flexibles, y construía casitas en los árboles. Leía Capitanes Truenos y Guerreros del Antifaz, e incluso sabía diferenciar entre una cimitarra y un alfanje... ¿Qué le está pasando a la juventud de hoy en día? Ahora son niños esterilizados y vestidos de rosa, envueltos en batista cual pequeñas coliflores.

Señores, eduquen bien a sus hijos, déjenlos ensuciarse, apáguenles la televisión y las videoconsolas y llévenlos al campo. Regálenles una navaja multiusos o un juego de química en vez de el monstruo de plástico de moda, y por Dios y por la Virgen... Inclínenlos hacia la lectura.

Volviendo al tema en cuestión (que una se sulfura cuando piensa en las nuevas generaciones), pasé por una de las sucursales de la famosa y muy interesante Shakespeare (léase chéspir) and Company, (véase James Joyce, Ulises), porque las librerías son sitio señalado para cualquier turista que se precie, aunque sea sólo por el olor.
Me fui dando un paseo hasta el Odéon desde St. André des Arts, pasando por ese callejón "secreto" cubierto, donde se encuentran dos de mis locales favoritos, uno, un café con encanto, otro, una papelería especializada en artículos de calidad (tintas, plumas, lacres, cueros).

En mi paseo por la quai de Montebello encontré otro café tranquilo y, aunque céntrico, apartado del bullicio. En él, había sentada una persona de poblado mostacho, recortado tal que podría haberse llamado perfectamente Miguel Strogoff. No me hubiese extrañado nada verle en su cinturón un cuchillo de matar osos.

Y ya estaba cansada, asique me volví a casa. Sospecho que paso demasiado tiempo sentada en la cama y me estoy fastidiando la espalda. Creo que va llegando la hora, o de cambiar de hábitos, o de adquirir un zafu que me mantenga erguida.

Me voy a comer señores, que ya es tardísimo para mí y con una rueda no anda el carro.

Besos y pechugazos,

A

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