mardi 2 novembre 2010

El Negro Joyoso

Senado y pueblo romano...
Esta semana ha sido ajetreadiglia.
He terminado un trabajo bastante complicado de geofísica, visto una serie de lucha, y puesto mis dos primeras lavadoras. Esto es porque lavaba todo a mano anteriormente: si pagas a huevo el lavado y tienes que esperar dos horas acechando a los enemigos... Te sale la torta por un pan. Ergo, no compensa.

Puse las lavadoras para no asustar a mi señora madre, porque ya sólo me quedaban limpias las vestimentas campestres y no me daba tiempo a que todo se secase.
Y cualquiera va a recoger a su madre vestida de geóloga, faltaría más. Cualquier madre que se precie arrugaría la nariz al ver a su hija parisina aparecer de esa guisa a recogella.

En fin, me calcé las manoletinas, mi camisa de rigor y mis vaqueros, últimamente, atuendo de todos los días, y me encaminé al aeropuerto de Orly. Me equivoqué de terminal y di más vueltas que un trompo. Al final, cabreada como una mona, y después de colarme en el metro del aeropuerto, encontré a mi señora madre, a quien le había traido croissants.
No coló aquello de "no, no es mi culpa, esque París Orly Sud tiene dos terminales, la Sud y la Ouest, y no sabía en cuál estabas... Te he mandado un mensaje, pero no me has respondido..."

Nos fuimos de vuelta a casa en el tren, donde mamá rezongaba sobre la dudosa calidad de los croissants del lidl y me preguntaba cómo de chupada estaba la botella de agua que le había traido.
Críe usted padres oye, a nosotros toda una vida con el "come y calla"...

En fin, llegamos a casa, saqué mis recién adquiridos jamones y sobrasadas y me dispuse a preparar una maravillosa pasta al pomodoro, menú básico del estudiante junto con la pasta al pesto y la ensalada de pasta.
Para alegrar un poco aquello, le espolvoreé un poco de queso por encima, y cuando me quise dar cuenta... El queso tenía verdín. Miré a ver si mamá se había dado cuenta, y como no... Pues le quité un par de pelotillas azules gordas a su plato, mezclándolo un poco para que no se notase mucho.
Y me empecé a comer rápidamente mi pasta, tendiéndole a ella la suya, como si cualquier cosa.
Mamá observa el plato críticamente con los ojos entornados de sospecha.
Un segundo, dos segundos...
- Sita, este queso tiene hongos...
- No mamá, esque que esque es una mezcla de varios quesos, debe de ser queso azul.

Silencio largo, en el cual yo sigo comiendo.
Cara de sorpresa de mamá. Carcajada de mamá.

- Y una mieeerrrrrda!
- Vaya hombre, no ha colado.
Mamá se pasa el resto de la comida apartando estoica y pacientemente pelotillas azules del plato.

Y nos fuimos a París... Visitamos el barrio Latino y St. Germain, muchas iglesias, la Sorbona, muchas librerías (todas ellas curiosísimas y tioarturescas), la facultad de bellas artes y la de medicina, que parece soviética. Ah, y también mi cuadro callejero favorito, que representa un joven y feliz criado negro sirviendo a su ama blanca. Lo he bautizado como "El Negro Joyoso", debido a que el mozo no cabe en sí de gozo.
Madre, ¿Qué será lo que tiene el negro?

Y en fin, cuando mamá me anunció que era YA la hora de ir a casa, nos anochecimos, y nos fuimos a la residencia. Allí esperaban dos de mis amigos italianos que venían de golía (nota del traductor: "ir de golía", dícese del acto de ir a "goler", usease, a ver qué pasa, o qué se cuece).
Estuvieron un rato haciéndole la visita. Viste mucho eso de que tu madre hable muchas lenguas.
Después vino mi amigo Letón (no, no es de Letonia, esque se llama así). Letón venía a traerme el Jabón Negro Africano que le había encargado. Es un jabón buenísimo y dificilísimo de encontrar, que se hace con cenizas y mantecas de muchos árboles en África.
Por supuesto, madre diz que es repugnante.
Le cambié el jabón por un bote de pimentón de la Vera. Esto del trueque se lleva mucho en las residencias.

Nos levantamos temprano y nos fuimos a París de nuevo, a los jardines de Luxemburgo, a las islas, a comer crépes, al barrio chino, al Moulin Rouge, al mercado de la Bastilla... Y a COMER. Porque nos pusimos moradas de comer. París es un sitio donde, a cada paso te encuentras una crepería, y no se esfuerzan mucho por evitar que el olor te perturbe la pituitaria.
Cuando volvimos, nos hizo la visita Rastapopoulos, mi amigo griego, quien tenía problemas con su crema de zapatos y sus cordones y me los traía en una bolsa después de haber intentado, sin éxito, luchar contra ellos.

El lunes tocó Les Halles. Nos paseamos por todos los centros comerciales habidos y por haber. Me compré unos zapatos de abuelita de color blanco, última moda aquí en la capital (ver oxford de tacón).
Ya me soñaba yo con unos desde que estuve en Budapest de viaje de estudios. Recuerdo ese momento como si fuese ayer:

Sita: ¡Cas! ¡Mira qué zapatos más bonitos!
Casto: Son espantosos, son de vieja, cómprate un gusto en vez de unos zapatos.

Me da igual, tanto Rottenmayer como Mary Poppins dejaron huella... (Y yo soy somehow una mezcla de ambas dos... xD)
Además de los zapatos, mi mamá me ha comprado un patinete en un mercadillo de segunda mano. Me gustaría mandaros un enlace, pero NO HAY enlaces a una herramienta tan extraña como la que he tenido la suerte de adquirir.

Explico: es un patinete plegable del año de Maricastaña, de color lavanda y rosa chicle. Como el manillar no tiene tope de inclinación (180º) y el patín no tiene frenos, es muy fácil romperse la crisma... Por otro lado... Con semejante Bucéfalo soy la envidia de todos los niños... (A quiene siempre hay que hacerles un poquito de rabiar, faltaría más).

Ciertamente es algo que llama la atención. Espero poder llevármelo a Granada. Aunque tendría que idear algún mecanismo para frenar, porque ya le he hecho un agujero en la suela a unas zapatillas. Y eso que sólo intenté frenar una vez... (ver "Solamente una veeeeeeeez... Amé en la viiiiiiida...")

En fin, también fuimos a Montmartre, a ver el Sagrado Corazón. Subimos lo que según mamá era la escala de Babel ("Y esa es la escala, Don Nuño, que pende del torreón") y nos dimos un garbeo por el sitio, viendo cuadros y otras expresiones artísticas.
Me encanta entrar a sitios sin pagar. Ilumina mi día.
Esto me recuerda a que todos los billetes de metro que hemos estado usando eran para niños de menos de diez años, que valen la mitad. Es insultante la suma de dinero que hay que pagar para viajar... Yo casi nunca pago, pero al ir con mamá, es distinto. A las madres no les gusta que las lancen por la borda del zepelín por aquello de que "no tenía billete".
Por la noche nos hizo la visita otro amigo español, quien nos ha llevado hoy al aeropuerto en coche. Todo el camino bajo el mantra maternal de "que llegamos tarde, que llegamos tarde".

Hoy, último día, me han despertado pinchándome con un plastiquillo, bajo la excusa de "esque no te despertabas".
Cuando me he hecho persona, hemos ido al Carrefour, y hemos comprado queso para para un tren. Me encanta obligar a la vendedora a que te de a probar el queso... Ese queso carísimo que tiene ahí ¿Es suave señora? O quizás fuerte...
He dejado la bandejilla de muestra temblando.
También cayó en la cesta un poco de paté... y otras fruslerías del mismo palo.
Ah, y pepinillos. He descubierto los bocatas de jamón cocido con pepinillos. Están muy ricos. Ponga un pepinillo en su vida.

Parece ser que en mi casa hay un pastel. Fulana de Tal, amiga de mi hermana, se ha peleado con el novio y se ha instalado en mi casa, bajo la tutela (supongo) de mi paciente Señor Padre. Pero no se ha venido sola... Sino con sus mascotas, que consisten en un perro y un hurón, que como se descuiden con nuestros perros van a pasar de poder respirar a poder abrigar.

Y ya está... Sus voy a dejar porque tengo muchas ganas de coger la armónica que me ha traído mi madre y censurado hasta su partida (porque estaba ya ahíta, de tanto parchear y tanto pito, como dijo aquél).

Besillos mil, y au revoir(e) que dijo Voltaire.

Athos

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